Agitando adioses
con lágrimas rebeldes
que escapan de mis órdenes,
con la tristeza amarga
que destilaba mi alma,
te despedí ayer
escoltada por el orgullo
y el resentimiento,
en una estación de tren,
mientras te llevabas mi ánimo
quebrado por tu partida
y dejando que tu ausencia
carcomiera mis entrañas.
Aún no te habías ido
y ya me dolías
!Díos, cómo me dolías!
Quise decir,
 gritar,
  correr...
quise subir
a ese maldito tren
que te llevaba de mi;
pero no pude
o no quise
ya ni lo sé.
Solo apreté la rosa
que tú me regalaste.

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